Historias fantásticas


historias de fantasía cortas

Flaubert (primera parte) es un cuento fantástico que forma parte de la colección: El sueño de la luna. Dicha historia, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor Breaker Pocket cast Radiopublic

Flaubert (primera parte)


Aldo paseaba con la mirada alerta sobre los diversos puestos del mercado de cosas usadas. Todos los sábados y domingos se ponían, en su mayor parte, los mismos comerciantes, llevando las novedades que en la semana habían podido encontrar y que ahora se disponían a ofrecer. La cita siempre era en un extremo del parque más grande de aquella zona de la ciudad. Ocasionalmente, para enriquecer el ambiente, surgían nuevos vendedores con productos dignos de algún coleccionista perdido de medio rango.

Aldo casi siempre andaba corto de dinero. Cuando conseguía hacerse de alguna reducida cantidad, consecuencia de trabajos menores, gustaba de escarbar entre trebejos con la esperanza de hallar algún pequeño tesoro. Si era el caso, ofrecía aquello con lo que contaba y a veces tenía éxito.

La inspección general estaba por concluir cuando el escritor en ciernes, como sus amigos le decían, levantó la cabeza y chocó de frente con la intensa mirada de un negociante desconocido. Dentro de esa inercia examinó rápidamente lo que este vendía. Diversos instrumentos antiguos de escritura estaban acomodados sobre una ancha e improvisada mesa. Tinteros metálicos y de cristal cortado ocupaban un lugar especial. Papeles de diferentes tamaños, colores, densidades y materiales estaban apilados en el extremo derecho. Las plumas, también de amplia variedad, al centro. El tipo de productos que, para un escritor con gusto vintage, parecía irresistible. Aldo se acercó y el misterioso vendedor se ofreció a mostrarle con una amabilidad particular su mercancía.

—Buenas tardes, joven. Llegó al lugar correcto. Tenemos todo tipo de artículos para el escritor enamorado de su oficio.

Aldo sonrío brevemente.

—¿Cómo sabe que soy escritor? —preguntó mientras su mirada pasaba velozmente por todas aquellas cosas que a la distancia no mostraban sus finos detalles.

—Lo sé porque su lenguaje corporal es claro y va complementado por una pizca de intuición de mi parte.

Aldo torció la boca y frunció el ceño como respuesta.

—Tengo la impresión de que usted es de aquellos escritores casi extintos que prefieren sentir la moderada descarga de tinta por parte de una pluma antigua. En combinación con el papel de cierto gramaje y textura, el conjunto es preferible a simplemente golpear un genérico teclado. ¿Me equivoco?

—No, en absoluto. La computadora es sin duda necesaria para capturar, afinar y dar formato a lo escrito, pero para el proceso inicial de creación, nada como la conexión entre la mano, la herramienta y el material.

—Ah. Como si fuera pintor. Un pintor de palabras, de ideas.

—Bueno, pues al menos así es como yo lo veo.

—Seguramente ya habrá encontrado algo que le guste —dijo el hombre pendiente de cualquier movimiento que pudiera revelar alguna preferencia.

Aldo pasó con suavidad la mano por donde estaban expuestas las plumas estilográficas de mayor complejidad.

—Sin duda todas son especiales, y el precio que indican es desde luego acorde a lo entregado, pero yo quisiera una pluma única —dijo, presuntuosamente.

—Claro, es usted un cliente conocedor y severo —agregó rápidamente el vendedor—. Si me permite, tengo algo que puede superar por mucho sus más exigentes expectativas.

El misterioso comerciante se dio la media vuelta y de la sombra del fondo sacó un antiguo y no muy grande estuche de piel grabado, Mismo que puso en el eje de toda su mercancía.

Aún sin ver el contenido, Aldo quedó fuertemente impresionado por lo delicado del contenedor que en ese instante quedaba a su disposición.

—Puede usted abrirlo con toda confianza —agregó el hombre, mientras una maliciosa sonrisa se perfilaba en su adusto rostro—. El contenido lo va a sorprender todavía más.

—Sí, gracias —respondió Aldo sin prestar más atención que a lo que tenía enfrente.

Con una distintiva elegancia, al menor contacto, el estuche se abrió para presentar una pluma de insuperable belleza, negra, satinada como una extraña perla de igual color; de robusto cuerpo y fina plumilla de oro. El escritor en ciernes había mordido el anzuelo.

—Si me permite el comentario, creo que este producto va en sintonía con su estilo y su personalidad —Un desconcertante brillo, proveniente de un remoto lugar, se asomó en los oscuros ojos del vendedor.

—¿Cuánto cuesta?

—Debajo de la pluma está la etiqueta con el precio.

Aldo levantó la pluma. Ligera y firme a la vez parecía haber sido hecha a la forma y dimensiones de su propia mano. La apreció un poco más antes de decidirse a ver lo que aquel maldito vendedor pedía por ella. Cuando finalmente descubrió el precio, el joven escritor abrió los ojos hasta donde los párpados podían dar. Movió la cabeza hacia atrás y retrocedió dos pasos más de su ubicación anterior.

—Vaya, ¿no cree usted que la pieza vale lo que estoy pidiendo? —preguntó serio el vendedor.

—No. Es sólo que está muy por arriba del presupuesto con el que podría contar.

Aquel extraño hombre cruzó el brazo izquierdo sobre el pecho y se llevó la otra mano hacia la mandíbula.

—Supongo que podríamos negociar algún descuento —respondió de inmediato mientras observaba fijamente a su cliente—. Por la forma como sostiene la pluma, pareciera que está destinado a tenerla —una nueva y enigmática sonrisa surgió en su rostro—. Además, con un poco de suerte y en un futuro no muy lejano, Tal vez podría traerle un reconocimiento similar al que tuvo su antiguo e ilustre dueño.

—¿Y quién era su antiguo dueño? —preguntó Aldo con reciente interés.

—La pluma está grabada. Si mira en el capuchón podrá tener la respuesta.

Aldo se acercó la pluma y enfocó la vista para descubrir con letras doradas la siguiente inscripción: G. Flaubert.

—¿Gustave Flaubert? —preguntó incrédulo.

—Así es. Se sabe que esta pluma le fue regalada por un, digamos excéntrico admirador de su obra. Si bien era conocido el desprecio que Flaubert profesaba ante el materialismo del burgués, también era dado a la apreciación de la belleza. Al parecer dos cualidades antagónicas de sostiene la pieza que tiene en sus manos. Aquí tengo un certificado de autenticidad y pertenencia expedida por una casa de subastas, cuyo nombre le sonará familiar —dijo el comerciante mientras le extendía el documento.

—Gracias, pero si le soy honesto, resulta difícil de creer, aunque su certificado diga lo contrario, que esta pluma perteneció a Flaubert.

—Lo que le digo es verdad, pero si con ese documento no logro convencerlo, al menos que le siembre la duda de su posibilidad. De todos modos, no podrá negar que la pieza es una pequeña joya.

—En eso tiene razón, pero por más que quiera comprarla, y aunque me considere un descuento importante, no hay forma alguna de que pueda pagar una cantidad cercana a lo que pide.

Se hizo un incómodo silencio. Aldo dio por terminada la conversación. Intentó colocar la pluma en el estuche, pero por alguna extraña razón no podía conseguirlo. Pensamientos de todo tipo llegaron a su mente como justificaciones, algunas teñidas de lógica, otras meramente emocionales. Además de que físicamente parecía tener un nuevo apéndice o extensión a su persona.

—Me apena mucho escucharlo decir eso —agregó el hombre en un monótono tono de voz, manteniendo en todo momento clavada su penetrante mirada sobre la presa.

La carga emocional que previamente había experimentado Aldo se intensificó, tornándose en una angustia mayúscula sólo de imaginar que debía desprenderse de la pluma y dejarla nuevamente sobre la mesa del puesto.

—Estoy convencido que usted debe llevarse esa pieza —señaló el vendedor—. Si la providencia así lo quiere, no seré yo quien se interponga. Le ofrezco un trato al cual no podrá negarse.

—Adelante, tiene usted toda mi atención.

—Muy bien. En este momento, págueme lo que tiene en su cartera.

—¿Eso es todo?

—Una cosa más. Vamos a establecer un contrato que constituya una variante de comodato. En pocas palabras, yo le entrego la pluma para que pueda usarla de manera libre. Ésta permanecerá ligada íntimamente a usted durante el resto de su vida, sin que haya otra forma de deshacerse de ella, que no sea la de regresar a mí, y únicamente a mí, o a quien yo expresamente designe; una vez que usted haya muerto, por supuesto.

—Qué situación tan particular.

—Es lo mejor que puedo brindarle, porque quiere tener la pluma, ¿verdad?

Una nube de emociones encontradas volvió a surgir en la mente del cliente y rápidamente se alinearon en una sola respuesta válida.

—Sí. ¿Cuándo firmamos el contrato?

El hombre sacó un portafolio de entre su mercancía, lo abrió presto y sacó un pequeño convenio.

—Aquí tiene, puede leerlo con toda confianza. Como ve es bastante conciso y no ha de tomarle mucho tiempo. Sólo agregue los datos faltantes en los espacios requeridos. También le agradecería que me mostrara alguna identificación oficial para colocar sus datos al final.

Aldo leyó rápidamente las tres páginas mencionadas. En realidad, le pareció que no había nada en especial que no se encontrara en un contrato común. Llenó los datos indicados y entregó el documento junto con una credencial de elector al vendedor. Minutos después salía del parque rumbo a su departamento junto a Flaubert, su nuevo y más preciado tesoro.






Imagen de Gerhard Bögner en Pixabay