Fantástico


una maldición

Flaubert (segunda parte) es un cuento fantástico que forma parte de la colección: El sueño de la luna. Dicha historia, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor Breaker Pocket cast Radiopublic



Flaubert, segunda parte

Durante tres días seguidos, sin levantarse más que para lo necesario, Aldo sucumbió ante el encanto de Flaubert. Así, con dicho instrumento de escritura, las nuevas páginas de la novela que ya estaba considerada muerta se iban acumulando sobre la mesa del estudio. Dicha novela había quedado sepultada al fondo del cajón del mueble de apoyo. Durante más de seis meses no había visto la luz y estaba condenada a ser utilizada la próxima vez que tuviera necesidad de prender la chimenea. Aldo, animado por su nueva adquisición, por decirlo de alguna manera, se aventuró en la resurrección de ese trabajo y el resultado le parecía sorprendente. Los personajes grises habían encontrado al fin su color y las posibilidades de los arcos de transformación se sucedían uno tras otro con asombrosa armonía, avanzando hacia donde tenían que ir. La novela cobraba vida y Aldo, inmerso en un éxtasis creativo, solo plasmaba lo que estaba ocurriendo.

Sin embargo, al cuarto día, algo inexplicable se presentó. La escritura, como en ocasiones anteriores, se dio de manera automática, pero la orientación fue distinta. La continuidad de la novela, respecto a la dirección que debía tomar, se vio alterada. El personaje principal, escritor como Aldo, presentó un giro inesperado. En una mezcla entre confesiones y desplazamientos sobre un dolido tren de pensamiento, narró lo que fue una infancia por demás pobre.

Producto de un amor adolescente, su madre dio a luz cuando apenas contaba con diecisiete años. Su padre, proveniente de un entorno de recursos y un ambiguo sentido del deber, se escudó tras de una familia sobreprotectora que evitó a toda costa el enfrentamiento de su responsabilidad. El mozalbete ese nunca apareció para dar la cara. La muchacha en cambio, privada de su libertad, de la época de su juventud y rodeada de carencias como consecuencia de sus actos, cometió un nuevo error al juntarse con un hombre mayor que la aceptó con su hijo y prometió reparar, únicamente de palabra, su condición económica. El personaje principal narró el infierno vivido por su madre y por él ante los abusos físicos y psicológicos de aquel hombre. La emancipación del personaje con respecto a aquella situación sucedió con la temprana muerte de su madre por uno de esos abusos. El siguiente paso fue la consignación del todavía niño a una casa hogar donde los atropellos sólo fueron distintos. El personaje principal no quiso decir más.

Aquella sesión de escritura culminó con un serio desgaste en el ánimo de Aldo. Sin saber cómo llegó a ese punto, la remembranza de su propia historia contada por uno de sus personajes le instó a volver a revivir todos los golpes, ofensas, humillaciones e injusticias de un pasado con el que evitaba a toda costa relacionarse.

El resto de la noche, consecuentemente, se dedicó a beber lo que encontró hasta quedarse dormido sobre la mesa. Después de ese episodio, no pudo sentarse a trabajar durante más de una semana, pese a que cada vez que pasaba a un lado del escritorio y de Flaubert sintiera que la pluma lo estaba llamando.

Cuando logró, o al menos pensó que había logrado, apaciguar a los demonios de su ayer, se sentó nuevamente a trabajar en la historia, estando atento en no caer en una circunstancia similar a la anterior. En ese nuevo inicio las cosas marcharon bien y de manera vertiginosa. Con gran entusiasmo pudo incluso vislumbrar a distancia corta lo que se anunciaba como la terminación del primer borrador de la novela.

En la presentación del clímax, el personaje principal quedó desnudo, parado frente a un espejo de cuerpo entero. Indefenso ante sí mismo se volvió víctima y victimario. Para Aldo, que nada más repetía lo que se iba tramando, todo dependía del lado en que quisiera colocarse.

—Eres tú y soy yo a la vez. No son dos voces las que hablan sino una sola que pregunta y responde; que señala y acusa; que recibe y lamenta. En ese pasado que tanto te hiere te escudaste para justificar tu falta de talento, tu asombrosa mediocridad, tu insultante insignificancia. Ciertamente empezaste en desventaja, pero ¿acaso hiciste algo para superarla? No. Te conformaste con sentir lástima por ti mismo, dejando que tu vida se desarrollara como consecuencia del azar. No tuviste la fuerza para tomar el timón, para estampar un norte. De todos modos, tampoco hubiera marcado gran diferencia, ¿verdad?

Aldo, sorprendido, pensó en detenerse, pero Flaubert parecía imponerse y, literalmente, corría sobre la superficie del papel, dejando tinta como una prueba de la ponzoña que se absorbía en la mente del escritor.

—Te has engañado y has querido engañar a los que en cierto momento quedaron cerca de ti. Me apena decírtelo, pero ellos no son tan tontos como tú. Más temprano que tarde se dieron cuenta y, por eso, te han abandonado. No importa lo que Ana te haya dicho cuando tomó sus cosas y decidió salir de tu vida. En realidad se fue porque encontró, con más facilidad de lo esperado, todo aquello que no tuvo contigo. Sabes con quien se marchó, ¿verdad? Sabes que te traicionaba con tu supuesto mejor amigo. No tuviste el coraje para confrontarla a ella ni a él. Preferiste tragarte sus mentiras; las mentiras de los dos.

Las lágrimas surgieron discretamente de las escuálidas mejillas del escritor. Pese a que intentaba separar la pluma del papel, Esta se resistía. La risa burlona de su personaje retumbaba en su mente lastimada.

—Te guste o no, debes reconocer que este es tu presente. La pregunta inmediata sería, ¿puedes imaginarte cómo será el futuro? ¿Quieres saber que te deparan los próximos años? Con las agallas suficientes, aquí podrás encontrar la respuesta. Nada.

La pluma por fin cayó sobre aquella última página y quedó inerte mientras la mano temblorosa del escritor se replegaba hacia su rostro.

***


Aún era temprano, pero Aldo ya estaba listo, guardó la pluma en su estuche y, en vez de meterla a una bolsa de su saco, la envolvió con un trapo de cocina y la colocó bajo su brazo como un arma oculta. Tenía la esperanza de que aquel extraño vendedor asistiera al día de mercado de cosas usadas. Si no había sido la semana pasada, sería esta o de lo contrario, hasta la próxima. Como fuera, tenía que hallarlo para liberarse de aquel instrumento de tortura. De entre los demás vendedores que regularmente asistían al mercado, nadie lo conocía y mucho menos lo recordaba. Aldo se presentó, de manera constante, cada fin de semana durante varios meses con resultado nulo. Cansado, terminó por desistirse de la búsqueda y optó por ocultar a Flaubert en el fondo de su armario. Con gran frecuencia, en las noches, el escritor creía oír que la pluma le increpaba su cobardía. Consecuentemente, su salud física y mental empezó a deteriorarse.

La novela, por su lado, quedó relegada a una orilla de la mesa, siempre haciéndose presente. Aldo pensó en quemarla, pero ni siquiera podía acercarse para simplemente guardarla. Era como si estuviera protegida por alguna entidad misteriosa. La cuestión es que estaba acorralado por dos frentes. Una honda depresión se instauró en su espíritu y, si bien pasó por su mente la absurda idea de una triste salida, casi de inmediato consideró una propuesta alterna. Estaba convencido que Flaubert lo convocaba de manera insistente para terminar la novela, pero él tenía miedo de enfrentarse nuevamente con su personaje principal. Como era evidente que no podría escapar, decidió afrontar el problema, pero con algunos cambios sustanciales. Abrió el armario y sacó a la pluma amortajada. Casi podía jurar que estaba más liviana ahora que la recobraba que cuando la encerró para olvidarse de ella. La colocó sobre la mesa y jaló el manuscrito, trató de relajarse y empezó a escribir. La nueva escena abría con la repentina muerte del personaje principal. Su pasado, su presente y su futuro, ahora inconcluso, serían el punto de partida de una desconocida trama. No habría un protagonista que ocupara su lugar. A lo mucho, permitiría que se refirieran a él, pero con sus extensas reservas. Sin abordar temas personales. Después de todo, si es que habría de seguir con la novela, sería bajo sus condiciones.

Con la libertad que había experimentado cada vez que se planteaba un nuevo comienzo, partió de una escena donde el resto de sus personajes se reunían para hablar simplemente de sus vidas. Las páginas se iban generando en una constante regularidad. Cuando alguien mencionó el último trabajo que había dejado el personaje fallecido, las alarmas de Aldo se activaron, frenó el ritmo de escritura y quedó pendiente de las respuestas de los demás, pero en ese momento nadie agregó nada. Siguieron hablando de la monotonía de sus rutinas y de los horizontes que esperaban alcanzar. Eso le dio tranquilidad al autor, pero también le provocó un contradictorio extrañamiento. Le pareció desconcertante que, más adelante, en dicha reunión de personajes, la única referencia hecha fuera sobre Max Beerbohm y la historia de Enoch Soames. Una sutil, pero mortífera estocada. Soames era el ejemplo literario de lo que más temía. Estaba la cuestión de la afirmación intelectual, que en el caso de Enoch era lo esencial. Pero para Aldo, también implicaba un asunto de reconocimiento económico. El ficticio tenía ciertos recursos fijos que le permitían vivir. El real ni siquiera podía jactarse de eso. El talón de Aquiles quedó descubierto. Las dudas, consecuentemente, se instauraron con fuerza. La escritura se detuvo y Flaubert, todavía en la mano del hombre, dejó que de la semilla sembrada brotara la última flor del mal.

Los anteriores libros del escritor en ciernes pasaron completamente desapercibidos, pero en aquella época de juventud poco importaba. Lo relevante era que alguien se había animado a publicarlos. Eso era, por sí mismo, todo un éxito. Sin embargo, el tiempo transcurría y nadie, salvo algún amigo despistado, se animaba a continuar con la lectura de su obra. Era el eterno escritor en ciernes, pero no lograba pasar de ahí. La vida cuesta; eso es un hecho. Es difícil vivir tan solo del arte, es una verdad; y más cuando se carece de talento para crear, y vender. Aldo se negaba a reconocer esto; al menos de manera abierta. El escaso dinero que conseguía, no era producto de la escritura sino de otras actividades mal remuneradas que poco tenían que ver con ésta. Las carencias actuales se habían vuelto una constante en su vida y las privaciones venideras ya se anunciaban para una posible vejez no muy larga.

La pluma quedó tendida sobre la novela. Perpendicular al hombre, lo tenía encañonado. Aldo observó a Flaubert y así, en una diabólica conjunción, sólo pudo ver las imágenes de su pasado, su presente y lo que le deparaba el futuro como una línea continua y única de su vida. Como caballo perchero, sólo veía de frente lo que la pluma le mostraba, sin que pudiera cuestionar la existencia de nada más que eso. Ante tales restricciones de su campo mental, el panorama del escritor reflejó una ausencia de esperanza. Así, manipulado por completo, era empujado a una sola y triste salida que, aunque de manera somera, ya previamente se le había sugerido. Todo lo anterior apuntaba a desembocar en ese preciso momento. Ahora correspondía a Aldo tomar la decisión de resistir e imponerse o ceder y doblegarse ante aquella perversa voluntad.


En el mercado de cosas usadas que los fines de semana se instalaba en el extremo del parque más grande de aquella zona de la ciudad, podía encontrarse con cierta regularidad un puesto donde un extraño comerciante ofrecía instrumentos de escritura de asombrosa calidad a precios increíblemente bajos.




Foto de mohamed abdelghaffar en Pexels