El soñador


El soñador desconocido

El soñador es un cuento fantástico que forma parte de la colección: El sueño de la luna. Dicha historia, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor Breaker Pocket cast Radiopublic



El soñador

La enorme y elegante habitación se vio empequeñecida por la gran cantidad de personas que esperaban. El calor se concentraba y sólo se podía respirar un aire viciado. El piso de duela rechinaba estrepitosamente por el esporádico caminar de los ansiosos familiares. Muy cerca de la cama estaban los tres hermanos: Juan, Jorge y Claudia. Un poco más retirada, rodeada de sus hermanas, cuñados y otros parientes, Adela; quien lloraba desconsolada por el inminente destino de su marido.

Roberto Hinojosa Páez, un próspero anticuario de setenta y ocho años de edad, se encontraba en su lecho de muerte. Con el peso enorme de su consciencia decidió revelar un último secreto. Tal vez no era el mejor momento, pero era el único que le quedaba. Así que pido, principalmente por medio de señas, quedarse solo con sus hijos.

—Acérquense —dijo Roberto con tenue voz—. Debo confesarles algo.

—Tranquilo, papá. No te fuerces demasiado —agregó Claudia como respuesta a la expresión de angustia que emergía en el rostro de su padre.

Roberto tomó el aire que necesitaba para dar volumen a su voz y giro la cabeza hacia la cómoda que estaba a su derecha.

—¿Necesitas que te traiga algo? —preguntó Claudia.

Roberto asintió suavemente. Claudia llegó al mueble y abrió el primer cajón sin saber a ciencia cierta lo que buscaba. Tomó un crucifijo y se lo mostró a su padre. Roberto negó y dijo algo de un cofre. Claudia revolvió el cajón hasta dar con un pequeño joyero de madera labrada en forma de un pequeño cofre. Lo sacó y llevó a donde estaban los demás. El joyero estaba cerrado con llave.

—Adentro, vean adentro —indicó Roberto, quien mostraba una expresión de dolor en los ojos, arqueó las cejas e intentó levantar la mano que tenía libre.

Roberto sintió cada vez más escaso el aire que respiraba. Tras un último esfuerzo, y con un extraño gesto, cerró los ojos. Se quedó al fin en paz. Juan, Jorge y Claudia permanecieron en silencio, únicamente viendo a su padre.

Pasaron algunos minutos. Juan fue el primero en salir del agobio. Miró inexpresivo el cofre e instó a sus hermanos a abrirlo. Como nadie tenía la llave y la cerradura distaba mucho de ser algo excepcional, Jorge optó por forzarla. En el interior se encontraba una carta de relativa extensión. Claudia la tomó con delicadeza y la guardó en su bolsa. No era ese el momento de leerla. Los tres hermanos acordaron en no comentar nada al respecto y reunirse con mayor calma después de los funerales. Juan abrió la puerta y con gran pesar llamó al resto de la familia.

* * *


“He sido un ladrón por más de cuarenta años. Me he aprovechado en incontables ocasiones del trabajo, del esfuerzo y de las ganancias de los demás.”

La carta que les había dejado su padre empezaba con esta provocativa declaración.

—No creo que sea correcto tomar en serio lo que dice —dijo Claudia mientras arrugaba la nariz.

—Supongo que vamos a encontrar cosas que no van a gustarnos, pero fue precisamente papá quien quiso darnos esto —comentó Jorge, mientras colocaba una mano sobre el hombro de su hermana.


“Tuve la fortuna de saber cómo robar sin ser jamás atrapado. Al principio, abusaba de mis habilidades y, en más de una ocasión, corrí riesgos innecesarios. Los robos eran cuantiosos y tenía a toda la policía de cabeza tratando de averiguar cómo era posible que las cosas simplemente desaparecieran. La prensa se daba vuelo fotografiando a dueños desesperados e investigadores alzando las cejas y los hombros.

Los robos ocurrían siempre en la noche y nunca había rastros físicos de cómo lo hacía. Desafiaba toda lógica. No tuve necesidad de forzar puertas o ventanas ni hubo cerraduras o rejas que pudieran detenerme. Todos los robos fueron cometidos en total silencio. Las cámaras de video no registraban nada y las alarmas tampoco llegaron a sonar, pese a que estaba confirmado su buen funcionamiento. Para el mundo, todo era un completo misterio.

Un caso especial, de particular notoriedad, fue el asalto perpetrado a una de las joyerías más importantes y resguardadas de la Cd. de México: Dupree e hijos, joyeros. Me llevé una costosa y exquisita colección de relojería compuesta por más de setenta piezas de diversas marcas: Breguet, Audemars Piguet, Piaget, Rolex, Patek Philippe, Vacheron Constantin, etcétera. Había modelos automáticos, en tourbillon y otras complicaciones. En acero, oro, platino, con incrustaciones de brillantes y otras piedras preciosas.”

Juan se detuvo un momento, dio un largo suspiro, miró a sus hermanos y, señalando la carta, comentó:

—Hay una nota al pie donde dice que la mayor parte del botín está guardado en el fondo falso del tercer cajón del vestidor.

—¿Setenta piezas? Mamá creía que tenía ocho relojes y le parecía un exceso. Bueno, nunca ha sido muy observadora y el tema de los relojes no es algo que le haya interesado particularmente —dijo Jorge, esbozando una ligera sonrisa. Claudia, por su parte, mostraba una severa mirada a su hermano.

—Así parece. Bueno… ¿Alguien más quiere seguir leyendo? —preguntó Juan mientras doblaba la carta.

—Yo continuó ¾dijo Claudia, levantándose de su lugar para seguir con el relato.

“Todo empezó hace muchos años. La tienda de antigüedades tenía poco tiempo de haber sido abierta y desde el inicio se reveló como un mal negocio, sin muchas posibilidades de mejorar. Así que, como podrán imaginarse, estábamos ahogados en deudas. No sabía qué hacer.

Un fin de semana en particular, su tío Joaquín nos había invitado a una carne asada que había preparado para celebrar la compra de su nueva casa. Yo no me sentía con ganas de ir, pero su madre presionó tanto que al final terminamos por hacernos presentes. En la reunión, estuve acompañando a Joaquín que conversaba con el nuevo vecino sobre un libro que este último había encontrado en una librería de Donceles: La alternativa vida de los sueños.

—Sí, te digo. El libro, pese a ser viejo, se veía en un estado razonable y el precio era cualquier cosa. Así que lo compré y lo estuve revisando con más detalle en casa. La verdad, era una tontería lo que decía y terminé por echarlo a la caja de trebejos que tengo en el garaje —dijo el vecino mientras destapaba una cerveza.

—¿Una tontería?, ¿De qué trata? —interrumpí la plática con curiosidad.

—Es una especie de manual que pretende enseñar, a través de ciertos ejercicios, la manera de habilitar nuestra mente durante el sueño para convertirlo en un anexo productivo de la vida diaria —dijo mientras giraba la cabeza para verme mejor—. Si te interesa, puedo regalártelo. De todas maneras, está ya destinado a la basura.

—Sí, claro. Te lo agradezco mucho —contesté entusiasmado.

El vecino asintió ligeramente, se disculpó un momento y se dirigió a su casa. Al poco tiempo, regresó con el mentado libro. Las pastas en color marrón estaban sumamente gastadas. Las hojas, de un papel más o menos grueso, conservaban en el centro un tono beige claro que se iba oscureciendo conforme se acercaba a los extremos, olía a humedad y algunas hojas estaban a punto de desprenderse. El libro fue escrito por un tal Diego de Santo Tomás.

La celebración iba para largo. Sin embargo, nosotros nos despedimos pronto. Ya en casa, me encerré en el estudio para revisar el libro. La tesis principal que defendía parecía, en efecto, bastante absurda. Aseguraba que el sueño constituía una realidad alterna y complementaria a nuestra vida diaria. No en un sentido alegórico sino literal. Es decir, el sueño debía de constituir una dimensión paralela que, con el debido conocimiento y control, podríamos intercalar con la dimensión del estado de vigilia. Si por ejemplo, antes de ir a dormir, colocamos un objeto cualquiera, digamos un cenicero, en una cierta ubicación dentro del plano de una mesa, durante el sueño podríamos moverlo y al despertar encontraríamos el cenicero en su nueva posición.

Con cierta ociosidad y escepticismo de mi parte, inicié el programa de entrenamiento y, después de varios meses de esfuerzo, empecé a ver algunos resultados que terminaron por convencerme. Era capaz de mover pequeños objetos: libros, floreros, retratos, etcétera. Adela, su madre, se dio cuenta de que las cosas cambiaban de lugar y mandó traer a un sacerdote para que bendijera la casa. Había llegado el momento de explorar nuevos horizontes.

En una ocasión, mientras estaba dormido, recordé que había dejado en el coche unos importantes papeles que debía firmar. Así que en sueños bajé la escalera, crucé la cocina, llegué al coche de donde tomé la carpeta. Nunca utilicé las llaves. Al día siguiente, encontré los papeles en la mesa donde en sueños los había dejado. Revisé la puerta de la cocina y la del coche y confirmé que ambas habían sido cerradas con seguro.

A la noche siguiente probé algo más audaz y lucrativo. Soñé con la casa del vecino y con la caja fuerte que mantiene en su estudio. Soñé que encontraba una cantidad regular de dinero y que lo guardaba en la bolsa derecha de mi bata para dormir. En la mañana, al despertar, lo primero que hice fue revisar la bolsa de la bata y encontré el dinero que la noche anterior había robado. Justamente la cantidad soñada. Con ese dinero pagué algunas de las deudas más urgentes que teníamos y pude tomarme un largo respiro después de varios meses de agobio.

Unos días después, deliberadamente, soñé que visitaba a otro vecino con el mismo propósito. Los resultados fueron los mismos. En el vecindario se corrió la noticia y la gente no paraba de hablar, de darle vueltas al asunto.

Supe que no podría continuar robando en la colonia. Además, era poco lo que podía obtener como botín. Así que, una noche en particular, soñé que estaba en el interior de una tienda departamental de gran tamaño que quedaba bastante lejos de aquí. La distancia no era un problema. Sólo había que determinar en donde quería estar y que quería robar.

En cierto momento, me engolosiné con todas esas nuevas posibilidades y, en una de esas, supe de la nueva colección que la afamada joyería que el Sr. Dupree estaba promocionando. Aquella noche le hice la misteriosa visita que les he ya referido. La policía estaba como loca buscando pistas. Tan grande fue el escándalo que de alguna manera me sirvió para considerar mi situación. Ya tenía bastante dinero y no necesitaba más. Adela, por su parte, estaba sumamente orgullosa de lo bien que marchaban las cosas en la tienda de antigüedades y la manera como yo las administraba. Así que mis robos fueron, a partir de entonces, más espaciados. Sólo cuando en verdad lo necesitaba…”

Claudia se detuvo un momento y los otros dos hermanos, que escuchaban atentamente, voltearon a verla.

—¿Qué pasa, por qué te detuviste? —preguntó Jorge.

—Es sólo que no creo en la historia —dijo Claudia con la cabeza sensiblemente inclinada hacia adelante.

—¿Ya terminó la carta? —preguntó Juan.

—El relato sí, pero todavía hay una especie de posdata al final de la hoja.

—Préstame la carta, yo la termino de leer —dijo Jorge alzando un poco las cejas.

“Perdónenme si con esta confesión he lastimado la imagen que tenían de mí. Era una carga demasiado pesada para seguir llevándola en mi atormentada conciencia. Necesitaba decírselo a alguien.»

Los tres hermanos se quedaron nuevamente en silencio. Roberto Hinojoza siempre fue dado a inventar historias y tal vez todo esto no fuera más que un simple delirio provocado por el aspecto terminal de la enfermedad. Pero ¿y si en realidad fuera verdad lo confesado?

* * *

Pasaron algunos días sin que comentaran nada al respecto. Hacía falta tiempo para tomar una postura. Hacía falta investigar las referencias dadas en la carta. Una tarde de viernes en que se encontraban los tres hermanos, Claudia aprovechó la ocasión para distraer a su madre con fotografías de la familia mientras Juan y Jorge revisaban el tercer cajón dentro del vestidor. Ciertamente, descubrieron un fondo falso, pero atrás de este no había absolutamente nada. En la biblioteca, misma que exploraron a fondo, jamás encontraron el libro del tal Diego de Santo Tomás. En cambio, se toparon con un amarillento recorte de El Universal de 1975, donde se mencionaba una cuantiosa pérdida sufrida por una de las joyerías de más larga tradición en México: Dupree e hijos, joyeros. Cuya reciente colección de exclusivos relojes, había extrañamente desaparecido, sin tener la policía la menor idea de cómo habría sucedido. En la única fotografía que el recorte mostraba. El señor Maurice Dupree se veía seriamente afectado.

Por otro lado, Juan Hinojosa Machado, el hijo mayor de don Roberto Hinojosa Páez, pretendió, durante un tiempo, continuar con el negocio de la familia. Después de seis meses de arduo trabajo, este se desistió. La tienda de antigüedades, después de más de cuarenta años de actividad, fue finalmente cerrada, pues como efectivamente había dicho Don Roberto: “era un mal negocio, incapaz de sostenerse a sí mismo.”




Foto de Eneida Nieves en Pexels