Cuentos de terror cortos


Historias de terror cortas


Un mejor destino es un cuento de horror que forma parte de la colección de cuentos fantásticos: El sonido de la niebla. Dicho cuento, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor



Un mejor destino


Contadores, ingenieros, abogados... son ocupaciones normales. Requieren cierto tiempo de estudio, lamentablemente, ya no garantizan un estilo de vida holgado. Mi padre quería que fuera ingeniero, pero eso del estudio no se me daba. Decidí afrontar la tormenta cuanto antes y, aunque no salí del todo victorioso, al menos puedo decir que el viejo entendió que hay suelos en los que simplemente no se puede sembrar. Dejó de hablarme unas cuantas semanas hasta que un día llegó acompañado de un fulano con el aspecto de un retrasado mental. Hablaba muy poco y casi siempre respondía con monosílabas. Tenía los brazos enormes y las manos muy maltratadas.

—A partir de mañana, vas a trabajar con el señor Gap —dijo mi padre presentándome al tipo ese.

—¿A trabajar? ¿A dónde? —pregunté francamente sorprendido.

—Al cementerio municipal. El señor Gap es el sepulturero oficial y ha aceptado tenerte como su asistente.

—¡El cementerio municipal está lejísimos de aquí!

—Por eso te vas a ir a quedar con el señor Gap.

Me quedé callado. Simplemente, no sabía si era una broma, si era un castigo o una forma de querer presionarme para volver a la escuela.

—El hecho de que no quieras estudiar, no implica que vas a estar de holgazán y mantenido. Desde hoy, vas a saber lo que es ganarse el pan con el sudor de la frente.

No quise dar mi brazo a torcer. Ahora era mi orgullo el que estaba siendo atacado. Fui a mi recámara, hice mi maleta y salí detrás del orangután ese sin dirigirle una sola palabra o mirada a mi padre.

El trabajo era muy duro, me levantaban desde las cinco de la mañana a limpiar los pasillos y una que otra tumba cuyo mantenimiento estaba a cargo del sepulturero oficial. Desde que yo llegué, el estúpido de Gap, junto con sus otros dos compañeros, se la pasaba bebiendo y jugando cartas. En una ocasión que estaba, particularmente fastidiado le reclamé con todo el coraje que llevaba adentro. A cambio, recibí una bofetada que me costó uno de los dientes de adelante. Me levanté sangrando y fui a la pocilga que tenía por habitación. Saqué mi maleta para agarrar mis cosas y largarme cuanto antes de ahí, pero me vino a la mente la risa burlona que tenía mi padre cuando lograba imponer su voluntad. Me desistí. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué.

Fue una tarde lluviosa cuando vislumbré lo que sería un mejor destino para mí. Después de cubrir la fosa de un nuevo inquilino, particularmente adinerado, nos retiramos a descansar. Ya entrada la noche, mientras Gap y sus compinches roncaban a pierna suelta, salí con todo sigilo llevando mi herramienta para hacerle una nueva visita al recién llegado. El dinero que obtuve por el reloj del difunto fue lo suficientemente sustancioso como para darme cuenta de que tenía una mina de oro a la vuelta de la esquina. Después de todo, me había convertido en un sepulturero.

El segundo botín importante llegó al mes y luego otro a las dos semanas. Las arcas se llenaron rápido… e igualmente se fueron vaciando cuando me enamoré de la Juliana; una voluptuosa mujer de cabello largo, tersa piel y malévola sonrisa que destacaba entre todas las demás muchachas del prostíbulo.

Al menos así era como yo la veía. Juliana, como todas las del lugar, era voraz con el asunto de las finanzas. Según la cantidad de dinero que dejara, era la intensidad con que se movía la cama.

—En esta vida todo tiene un precio, cariño —me decía mientras se guardaba entre los enormes pechos todo lo que le daba— Se hacer muchas cosas para el que está dispuesto a pagar.

Dinero a cambio de sexo. Algo fácil de entender y de manejar. Sin embargo, la relación se fue complicando a partir de una noche en que me sentía particularmente necesitado y no me había dado tiempo de ir a vender el botín.

—Lo siento, cariño, si no hay plata… no hay cama.

—Dame chance, Juli, mañana te pago.

—¿Mañana? ¿Y qué hoy no se come? No, mi amor. Ya sabes cómo es este asunto.

Se había dado la vuelta para salir de la habitación y regresar al salón, cuando hice la propuesta fatal.

—No tengo plata, pero puedo darte esto.

Se le iluminaron los ojos cuando puse en sus manos una diadema dorada recién arrancada; todavía tenía algunos cabellos pegados. La Juliana me dio la mejor noche de mi vida. Al día siguiente, antes de irme, clarito me dijo:

—Tú sólo tráeme más cosas como ésta, amorcito, que yo aquí me encargo de darte lo tuyo.

Aquella mujer me tenía embrujado. Era como una droga, mientras más la tenía, más quería estar con ella. Todo el tiempo estaba ansioso, irritable, buscando algún nuevo benefactor difunto que ayudara a costear mis debilidades. Los chismes se hicieron cada vez más frecuentes y de mayor intensidad. Gap era un estúpido, pero no tanto como para no reconocer la posibilidad de que fuera cierto todo lo que se decía y, peor aún, sabía de dónde venían los recursos. Me enfrentó rodeado de sus compañeros. Yo, desde luego, negué todo. No se lo creyó, pero me dejó en paz por un tiempo.

La caída de todo mi circo se dio cuando el señor cura falleció. Durante el velorio, todo el pueblo fue a despedirse de él. Dentro del féretro abierto, lo que más destacaba eran las manos cruzadas sobre el pecho y en una de éstas un enorme anillo de oro con el símbolo de la cruz que el mismísimo obispo le había regalado al cumplir sus bodas de oro con la iglesia. La Juliana vio aquella joya y se obsesionó al grado de exigirme que la consiguiera. Ya de por sí, la gente dudaba de mí, me veían con recelo. No podía arriesgarme de esa manera, pero la Juliana no entendía razones. Le llevé todo tipo de objetos, hasta un par de dientes de oro recién extraídos. Nada parecía ser suficiente. Al final, sin estar del todo convencido, cedí ante la voz de aquella bruja.

Al destapar el ataúd, encontré el cuerpo del cura hinchado, ya en franco proceso de descomposición. El anillo se había encarnado.

Con un certero golpe del azadón, le volé los dedos. Estaba quitando el anillo cuando la luz de la lámpara de Gap y sus amigos me iluminó. No tuve tiempo de decir nada. Se me fueron encima y uno de ellos me golpeó tan fuerte en la cabeza que me desmayé.

Cuando desperté, estaba amarrado a una estaca en medio de la plaza del pueblo. Se estaba llevando un juicio en mi contra. Mi padre estaba entre la multitud, tenía la mirada clavada en el suelo. No dijo nada y se marchó en silencio dejándome a mi suerte. En mi defensa, sólo alcancé a decir que todo era culpa de la pasión que la Juliana había despertado en mí.

—¿Culpa de quién? —Preguntó entre risas el alcalde que hacía de juez.

—De Juliana, la del prostíbulo —respondí con firmeza.

Las risas de la concurrencia se unieron a la voz del juez.

—A ver, que pase la señora Juliana —dijo el hombre.

La multitud se abrió entre burlas. Ante mi sorpresa, surgió la triste figura de una decrépita anciana.

—¿Esta es la mujer a la que te refieres?

—Por supuesto que no… —Respondí indignado.

La anciana alzó el rostro. La malévola sonrisa que me había atrapado se presentó en su faz. Me hizo entender que en verdad era ella; la mujer por quien había labrado mi destino.





Foto de Brett Sayles en Pexels