Cuentos de misterio


Cuento misterioso

La carpeta negra es un cuento fantástico que forma parte de la colección: El sueño de la luna. Dicha historia, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor Breaker Pocket cast Radiopublic

La carpeta negra


El áspero sonido de una alarma, junto con el presuroso andar de varias personas que salían del edificio, al otro lado de la acera, me ayudaron a volver en mí. Estaba aturdido; como si hubiera sufrido un momentáneo desvanecimiento. Me levanté despacio y giré la cabeza en diferentes direcciones esperando reorientarme. ¿Por qué estaba ahí…? Un primer recuerdo, aún difuso, brotó en mi mente como una fuente de ansiedad. Tenía una cita a las 11:00 am e iba retrasado. Di dos pasos adelante y una serie de nuevas dudas me asaltaron. ¿En dónde tenía la cita y con quién? ¿Cuál era el motivo de la cita?

Miré presuroso mi reloj para descubrir que tenía la carátula rota, las manecillas se habían detenido a las 11:30 am. ¡Santo Dios! No podía precisar qué hora era, pero sin duda sería muy tarde, sólo que tampoco sabía para qué.

A un lado de donde estaba parado, vi, todavía tirada en el suelo, la enorme carpeta negra que me había regalado mi madre cuando me titulé y en donde guardaba las muestras más representativas de mi trabajo. Únicamente la utilizaba cuando necesitaba ver a un cliente, o a un futuro cliente…

¡Por supuesto! Como una repentina revelación, diversas evocaciones llegaron a mi mente. Ahora lo recordaba con precisión. Debía encontrarme con mi cuñado en las oficinas de la revista donde participaba como columnista sobre asuntos financieros e inversiones en el medio oriente. La cita era sobre una recomendación de trabajo. Siempre me gustó el dibujo figurativo, y en la universidad, al final de la licenciatura, me especialicé en la ilustración para diseño de modas. El fin de semana pasado, en una comida familiar, Raúl me comentó sobre la vacante que, precisamente en esa área, había surgido. Se ofreció a conseguirme una entrevista con la editora en jefe del departamento.

—Le va a encantar tu trabajo —me dijo mientras destapaba otra cerveza.

—¡Ojalá! Estos últimos meses he batallado bastante por conseguir encargos, Lucy ya va por el sexto mes y me he visto obligado a tomar algo del dinero que teníamos guardado para el parto —comenté mientras me balanceaba inquieto sobre los talones mientras de reojo miraba a mi mujer.

—Bueno, cuñado, me parece que eso de ser freelance puede ser muy romántico, pero al final resulta ser poco práctico. Créeme, ser padre implica un replanteamiento serio de prioridades. ¿Quieres ser libre, dueño de tu tiempo y del desarrollo de tu carrera, o simplemente poder cubrir todos los gastos que se generan durante el mes? Te garantizó que ahora, con un hijo, van a ser mayores

No respondí con palabras, pero supongo que mi expresión fácil fue lo suficientemente elocuente como para que Raúl simplemente me diera una palmada en el hombro y me dijera que me asegurara de presentar lo mejor de mi trabajo.


Recogí mi carpeta, la sacudí rápidamente con la palma de la mano y dirigí la vista hacia el edificio que tenía en frente de mí. Sin duda era inquietante pensar en un posible desvanecimiento en la vía pública. Al menos estaba en la acera. Si me hubiera ocurrido en la calle… A lo mejor ya no estaría para ver el nacimiento de mi hijo. Después me preocuparía por eso. Ahora sólo podía y debía estar concentrando en aquella cita, disculparme y esperar que, por falta de puntualidad, no hubiera echado a perder esta oportunidad.


El estridente y lejano sonido de varias sirenas fue aumentando en volumen hasta culminar con la presurosa llegada de varias ambulancias y un camión de bomberos. Un ingrediente más de esta locura. Los vehículos se estacionaron frente al edificio al que debía acudir, bloqueando la visual de la entrada. Miré a ambos lados de la avenida y crucé rápidamente. No fuera a ser que algún oficial de tránsito me multara por no dirigirme a la esquina y esperar a tener el paso peatonal. Como dije, era muy tarde.

En el vestíbulo principal del edificio se veía un enorme caos. Varias personas en estado de shock eran atendidas por parte del personal de las ambulancias. A lo mejor esta extraordinaria situación podría ayudarme a justificar mi retraso. Raúl fue muy claro en cuanto a lo de la puntualidad.

—Mañana en la mañana voy a solicitar con Elena, la secretaria de la editora en jefe, la entrevista. Lo más probable es que sea el miércoles, que es cuando las cosas están un poco más tranquilas.

—Perfecto, esto me dará algunos días para dar una nueva revisión a la selección de mis trabajos más relevantes.

—Cuñado, créeme. La hora que determinen para la reunión, será la hora en que te van a atender. No vayas a llegar tarde. Es más, te sugiero que estés entre quince y veinte minutos antes. La editora tiene una particular fama entre todos los colaboradores de su oficina.

Raúl se irguió en una ridícula postura de soldado, frunció el ceño y con voz grave sentenció:

—Elena, dígale al nuevo proveedor que lo espero mañana en mi oficina a las 9:30 y, salvo que esté muerto, no veo otra posible justificación para que vaya a llegar tarde.

Esbocé una forzada sonrisa, más por un sentimiento de intimidación que por haberme parecido graciosa la manera de imitarla. Raúl lo notó de inmediato y en un tono más relajado dijo:

—En realidad no es así, cuñado, pero lo que si te puedo decir es que la percepción de tu posible candidatura se verá beneficiada si te presentas a tiempo.


Me acerqué a uno de los guardias que estaba en la recepción para preguntar por lo ocurrido, pero el hombre estaba tan ajetreado en un ir y venir que no pareció escucharme. El reloj del vestíbulo marcaba 11:45 ¡Casi una hora de retraso! Me sentí tan desanimado que, por un momento, hasta dudé en seguir adelante con esto de la entrevista. Si lo que me había dicho Raúl era cierto… Tal vez ya no había nada por hacer. Por otro lado, ni modo de regresar a casa y decirle a Lucy que todo había sido en vano. Sabía que, al menos, debía hacer el intento. Respiré hondo y me encaminé hacia los elevadores. Un policía, al final del pasillo, informaba que el servicio estaba suspendido. Las oficinas de la revista estaban en el cuarto piso, así que me enfilé hacia las escaleras de emergencia. Además de llegar tarde, me iba a presentar agitado y posiblemente sudoroso por el esfuerzo. Definitivamente, no era un buen día.

Subí los escalones de dos en dos sin pensar en el cansancio, la falta de aire y todo lo demás. Atravesé el vestíbulo de los elevadores y al llegar a la entrada de la revista me quedé petrificado. Primeramente, tuve la extraña sensación de haber estado antes en ese lugar, pero la impresión que tenía difería considerablemente de lo que ahora veía. Los vidrios estaban rotos y parte del falso plafón, con todo y luminarias, se había desprendido. Algo muy grave había ocurrido. La mayoría de los bomberos que habían llegado antes de mí estaban distribuidos por todo el piso. Había cintas rojas restringiendo el paso. Uno de los médicos que venían con las ambulancias daba indicaciones a dos enfermeros que conducían una camilla con un hombre que parecía seriamente lastimado. De manera automática, me hice a un lado para no interferir y con la voz temblorosa pregunté por lo ocurrido.

—La bomba llegó desde temprano en una caja de cartón junto con el resto de la paquetería. Nadie sospechó nada, así que la llevaron a una de las oficinas del fondo —comentó uno de los bomberos.

—¿Qué clase de gente puede hacer algo así de atroz? —Respondió el otro bombero.

—Es una tragedia, pero te aseguró que pudo haber sido todavía peor. Al estar en un extremo, parte de la onda de expansión se liberó hacia el exterior. Si hubiera estado en la recepción… la cantidad de muertos hubiera sido mucho mayor.

—¿Lograron identificar a los cuerpos? —preguntó el capitán que se acercó a donde estaban estos dos.

—Sí, señor. Aquí tenemos ya una lista.

—Déjame verla —pidió el capitán.

Tras leer rápidamente en silencio, Levantó la cabeza y preguntó:

—¿Qué dice aquí?

El bombero que había tomado los nombres se acercó para ver donde el jefe tenía señalado.

—Raúl Gómez Vera. Desparecido. Posiblemente bajo escombros.


La mención del nombre de mi cuñado rezumbó en mis oídos con un profundo y lúgubre eco. Sentí como si un mazo me hubiera golpeado de lleno en la cabeza. Las piernas me fallaron, lo que me obligó a detenerme del respaldo del sillón que tenía al lado. Tomé una bocanada grande de aire y decidí pasar sobre las cintas para corroborar lo anunciado. No me detendría ante ninguna indicación o advertencia. ¡Pobre Lucy y pobre de la familia de Raúl!

Me orienté fácilmente sobre los diferentes departamentos de la revista. Persistía la impresión de haber estado ahí poco antes. Las oficinas del fondo presentaban un aspecto similar al mostrado en documentales sobre la segunda guerra mundial. De manera instintiva, entré a una sala de juntas. Seguramente la explosión había ocurrido ahí. El daño del inmueble era considerable en comparación con lo demás. Aquel espacio, o lo que quedaba de éste, me parecía increíblemente conocido. Un fragmento de losa del piso superior se había venido abajo. Aquel montón de escombros parecía haber caído… Sobre mi cuñado. Lo supe con toda certeza, aunque no sabría precisar cómo. Una breve visión de la esperada entrevista, junto con una sacudida de angustia, brotó desde el fondo de mi memoria. Él estaba sentado en ese lugar. Me desplacé lentamente como dándome tiempo para una mejor reconstrucción de los sucesos; lo que me llevó a asomarme al enorme hueco en la pared. Desde ahí se veía la acera de enfrente, justo donde hace poco me encontraba. Todo acabó por aclararse.

Había un pequeño grupo de personas rodeando lo que parecía ser un cuerpo cubierto con una sábana blanca. Alguien se movió y pude ver como de los extremos de esa sábana se destacaba un objeto negro. Era una carpeta igual a la que me había regalado mi madre cuando me titulé y en donde solía guardar los trabajos más representativos de mi obra.




Foto de Mozhgan Elahi en Pexels