Cuento fantástico breve


Cuentos fantásticos cortos


Recuerdos virtuales es un cuento de ciencia ficción que forma parte de la colección de cuentos fantásticos: El sonido de la niebla. Dicho cuento, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor


Recuerdos virtuales


El sol había alcanzado su punto máximo. Era un día esplendoroso. El cielo estaba completamente azul y las pocas nubes que había, dibujadas en una ligera gradación de blancos y amarillos, acentuaban su color. Claudia alzó la mirada y recorrió el paisaje aéreo en los trescientos sesenta grados. Se sentía como si estuviera inmersa en un enorme cuadro impresionista.

A lo lejos, unos tenues ladridos surgieron de entre un denso manojo de arbustos. La muchacha dirigió su atención hacia esa parte de su campo visual. Una pequeña silueta color miel apareció de la nada y a toda velocidad corrió hacia donde estaba ella. Claudia se agachó para quedar a la altura del perro que brincaba de un lado a otro, deshaciéndose en exhibiciones de cariño. No pudo evitar que las lágrimas surcaran su rostro tal y como había pasado hace tres años cuando tuvieron que separarse.

En aquella ocasión, habían llevado a Toby al veterinario. Se veía muy mal; ya tenía tres días sin comer, estaba débil, no podía mantenerse parado por sí solo y los dolores eran cada vez más frecuentes. En ese mismo instante, fue que decidieron terminar con su sufrimiento y le aplicaron la inyección. Toby se quedó dormido y no volvió a despertar. El llanto descendió incontenible por las mejillas de la muchacha, mientras lo abrazaba por última vez.

Ahora, lo veía nuevamente; tal y como le gustaba recordarlo: inquieto, juguetón, curioso. Lamentablemente, por más real que se mostrara, no podía tocarlo. Todo era una ilusión, un espejismo. Aunque le gustara tanto esa realidad, debía tener siempre presente que era algo artificial; esa era la única condición del juego.

Toby seguía dando vueltas a su alrededor y Claudia giraba sobre sí, tratando de no perderlo de vista. El perro se detuvo bruscamente y la miró con sus pequeños ojos negros; parecía que le estaba sonriendo. En el otro extremo del prado, una encorvada silueta cruzaba lentamente el puente cargado de flores que atravesaba el arroyo. A la mitad, el hombre levantó su bastón como si la estuviera saludando. Claudia lo reconoció de inmediato; era el abuelo. Toby partió al encuentro con el anciano que en ese momento cortaba un clavel rosa para no llegar con las manos vacías a donde estaba su nieta.

Ella esperó paciente y luego extendió los brazos de manera natural. Si bien podía ver la flor que el abuelo ponía entre sus manos, el tacto no le reportaba nada. Veía la humedad del rocío correr por los pétalos hasta llegar a su piel, aunque no podía sentirlo. Así era esto. Claudia movió la cabeza hacia arriba para verlo de frente. El abuelo seguía siendo más alto que ella, pero ya no tanto como antes. La pequeña estaba creciendo.

El perfil del querido cuenta- cuentos quedaba enmarcado por el juego de luces y sombras entre el fondo del cielo y las copas de algunos altísimos árboles que nacían más allá de donde estaban.

El abuelo le dijo algo. Algo que Claudia no alcanzó a oír porque los gritos de su madre, repentinamente, interrumpieron el encuentro. La niña trató de ignorarla y concentrarse en la escena, pero los reclamos no paraban. La escalera empezó a crujir ante los firmes pasos de la madre. El encanto terminó cuando la puerta de su recámara se abrió. Claudia no tuvo más remedio que quitarse el visor de realidad virtual.

—Te estoy llame y llame —dijo molesta la mujer.

—¿Qué pasó? ¿Qué quieres?

—Que bajes a desayunar porque se te va a hacer tarde.

—Ok. Ahorita voy.

La muchacha hizo gestos de querer regresar a lo suyo, pero su madre no se movió un centímetro. Antes bien, dio un paso adelante y cruzó los brazos, mostrando su impaciencia.

—¿Sí?

—Estoy esperando.

—¡Por Dios, déjame en paz! —murmuró la muchacha en voz baja.

—¿Qué dijiste?

—Nada, no dije nada.

Claudia puso el visor sobre su escritorio junto al tazón que fuera de Toby, donde reposaba su collar y la placa en forma de hueso con su nombre. Ya tenía el uniforme puesto. Cogió su mochila y se la colgó al hombro dispuesta a obedecer, de mala manera, a su madre.

—Llévate la máscara, porque el índice de contaminación rebasó los límites de seguridad.

—¿Otra vez? ¡Qué fastidio!

—Pues sí... ¿Qué le vamos a hacer?

La mujer se dio la media vuelta para regresar a la cocina. Dejó la puerta de la recámara abierta, esperando oír las pisadas de su hija detrás de ella. Al pie de la escalera, Claudia se detuvo un momento para ver por la ventana. El cielo estaba oscuro por una densa neblina parda que hacía difusas las cosas a los pocos metros para perderlas de vista a una distancia mayor. En el jardín no había una sola planta que rompiera la continuidad del pavimento; mucho menos flores. Hace mucho que dejaron de verse. Sólo la gente verdaderamente rica podía darse ese lujo. En un ambiente tan agresivo como en el que ahora vivían, era muy costoso crear las condiciones para cultivarlas, para tenerlas.

Colocados sobre la pared, en el primer descanso, estaban varios retratos del abuelo. En uno de éstos, el preferido de Claudia, mostraba al anciano intentando ponerse un clavel en la solapa de su saco y a ella, con pocos años, tratando de quitárselo. Al abuelo en verdad le gustaban las flores. Siempre encontraba algún pretexto para comprar algunas y decorar su casa o simplemente regalarlas. ¡Qué pena le daría ver cómo eran las cosas ahora!

Claudia llegó a donde su madre la esperaba, abrió la puerta y, sin decirle nada más, dio unos pocos pasos para perderse en aquella noche que el veneno de la voraz ciudad había dejado.








Si lo deseas, también puedes escuchar este cuento como uno de los episodios del podcast: Inflexiones fantásticas


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