Cuento fantástico


Cuento papiroflexia

Papiroflexia es un cuento fantástico que forma parte de la colección de cuentos fantásticos: El sonido de la niebla. Dicho cuento, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor



Papiroflexia


La biblioteca resultaba en verdad privilegiada. Fruto de una devoción generacional de la familia, se alojaban cerca de diez mil volúmenes, con los más diversos temas, perfectamente dispuestos en un salón rectangular con doble altura y orientado hacia el norte. La biblioteca tenía unos ventanales de piso a techo que brindaban una generosa iluminación natural la mayor parte del día. En el centro, sobre un antiguo tapete de lana, se encontraba un enorme escritorio donde Julián, con la venia del abuelo, se sentaba a hacer su tarea. Atrás de éste, había tres libreros con puertas de vidrio que siempre estaban cerrados con llave.

En una ocasión en que el muchacho necesitaba completar algunos datos para la clase de historia, tras consultar en varios libros, se dirigió a la Enciclopedia Británica que estaba ubicada a un lado de esta bibliográfica caja fuerte. A través de las puertas de vidrio, reparó en una colección de libros cuyo título era: La papiroflexia, el mundo a sus pies. Eran diez tomos empastados en cuero oscuro, ligeramente gastado, con letras en otro tiempo doradas.

El abuelo fue terminante. Los libros guardados en esa sección de la biblioteca estaban prohibidos. No dio más explicaciones. Sin embargo, no tardó mucho en llegar el momento en que, por un inocente descuido, las llaves quedaron al alcance del muchacho y dicha prohibición fue menos que una sugerencia. Después de revisarlos brevemente, en un ingenioso reacomodo, Julián cambió su ubicación con los diez tomos de geografía universal que tenían un aspecto similar por tamaño, forma y material. La opción de consultar su nuevo tesoro en completa libertad era un hecho. La colección entera contaba con detalladas instrucciones para la creación de figuritas de una respetable complejidad. Si bien los modelos eran presentados bajo un estricto orden alfabético, también estaban agrupados en lo que daba en llamar: el reino animal, el reino vegetal y el reino mineral. Desde luego, subdivididos por géneros. Así de amplio podía considerarse el material contenido. Dentro del reino animal, por ejemplo, en la sección destinada a las aves, bajo la letra G, se hallaban la gallina, el gallo, la ganga, el ganso, la garceta, la garza, el gavilán, la gaviota, etcétera. En el reino vegetal, dentro de la categoría de las rosas, se mencionaban subespecies como la rosa de Castilla, la rosa mosqueta, la rosa rugosa y la rosa turca.

Julián tomó un libro al azar, el número cinco en la serie. De igual manera lo abrió y lo primero que encontró fueron las indicaciones para hacer una paloma. Con menos esfuerzo de lo que pensaba, consiguió una bonita pieza. Quedó tan bien, que el logro obtenido le impulsó a probar de nuevo. Regresó el libro que había seleccionado y eligió otro. El resultado, igualmente exitoso, fue un zorro. Así que, pensando en una forma más ambiciosa, decidió empezar por el volumen uno y hacer todos los modelos que se mostraban.

Al día siguiente, después de terminar su tarea, armado de un bloc de hojas blancas recién comprado y una vieja caja de zapatos, se encerró en la biblioteca del abuelo para enfrentar valeroso el desafío. Después del primer modelo hizo otro y luego otro y otro más. Al terminar el día, a eso de las nueve de la noche, para ser exactos, había pasado ya algunas páginas del libro. Era un comienzo bastante prometedor. Para sorpresa de su madre, del abuelo y de la abuela, todos los días, Julián, en vez de salir a jugar, se encerraba misterioso en la biblioteca. El tiempo transcurría y sólo abandonaba un libro para tomar otro. Las figuritas se iban acumulando, los blocs de hojas blancas consumiendo y el asombro de la familia por la cantidad de tarea que le dejaban al niño, lo que se gastaba en útiles y lo dedicado que era, no tenía igual.

Cada vez que la caja de cartón de los zapatos se llenaba, subía al cuarto de los trebejos y la vaciaba en una enorme caja que había encontrado en una esquina. Era la caja de la lavadora nueva de la abuela.

Después de seis largos meses de esta laboriosa rutina, varias visitas al cuarto de los trebejos y más cuadernos de hojas blancas, concluyó, o creyó concluir, con el reto que la colección completa representaba. Grande fue la sorpresa al leer en las dos últimas líneas, de la última hoja, del último libro, la referencia a un undécimo tomo. Se dirigió a la zona de los libros prohibidos y, asomándose a través de la puerta de vidrio, lo vio. Era un poco más pequeño y delgado que todos los demás. Por eso, cuando tomó prestada la colección, con la prisa de no ser descubierto, literalmente se le escapó. La paciencia quedó a prueba, pues pasó un largo mes de reposo antes de que el abuelo volviera a dejar las llaves olvidadas sobre el escritorio.

El undécimo tomo contaba sólo con tres secciones. La primera era sobre un hombre, la segunda sobre una mujer y la tercera sección mostraba, en la última hoja, una pequeña oración que leyó en voz alta. Estaba escrita de una manera muy rara y decía:


"Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra”.


Dieron las nueve de la noche y, como todos los días desde hace ya siete meses, vació su caja de cartón y se fue a dormir. Al día siguiente, bajo una nueva y liberada mirada de la familia, acabó su tarea pronto y se sentó a ver la televisión como si nada.

Tras varios días en completa normalidad, Julián subió una tarde al cuarto de los trebejos para ver sus papirolas y, al abrir la caja, se dio cuenta de que había más figurillas de las que originalmente recordaba. Incluso, había algunas nuevas sobre un mismo tema. Él había hecho tres tipos diferentes de tiburones: un tiburón martillo, un tiburón blanco y un tiburón sierra y ahora veía otros cinco modelos que parecían variantes de los primeros. Igual sucedió con otras especies. Había creado un hombre y una mujer, y ahora encontró lo que parecía ser una pequeña tribu. Asustado en verdad, cerró la caja y la selló con una cinta canela que estaba a lado. Salió en seguida del cuarto pensando en no regresar nunca más.

Por un tiempo lo cumplió, pero la curiosidad es como el hambre; no se calla si no se satisface. Un sábado nada especial, regresó al cuarto de los trebejos y, armado con las tijeras de la abuela, por cualquier cosa que pudiera suceder, abrió el sello que había puesto. Al retirar la tapa, encontró una infinidad de figuritas que se movían frenéticamente.

Entre ellas, se destacaba una que les dijo:

-¡Hermanos, Hermanas! El creador ha puesto su mirada en nosotros. Dios pagará a cada uno conforme a sus obras. Toda rodilla se doblará y toda lengua confesará. Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo, porque el día del Juicio final ha llegado”.






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