Cuento ciencia ficción


Historias de ciencia ficción

La reunión de Sebastián Alcocer es un cuento de ciencia ficción que forma parte de la colección de cuentos fantásticos: El sonido de la niebla. Dicho cuento, adicionalmente, puede encontrarse como parte del Podcast: Inflexiones Fantásticas que puede hallarse en distintas plataformas como: Spotify Google Podcast Anchor



La reunión de Sebastián Alcocer


Sebastián Alcocer se sentía emocionalmente agotado. Estaba atrapado en un trabajo que detestaba y en un matrimonio que consumía la escasa alegría que había podido sobrarle. El sentimiento de insatisfacción, a lo largo del tiempo, se había acrecentado y, ahora que estaba recostado en su cama, a unas escasas horas de cumplir los cincuenta y tres años, le parecía insoportable. Tan lamentable situación era producto de una virtual ceguera ante las opciones que ofrecía la vida, malas decisiones tomadas y una aparente incapacidad para enderezar el camino. Sebastián lo sabía y, por eso, reconocía que no había nadie más a quién echarle la culpa de sus torpezas. Digamos que, en el banco de los acusados, estaba solo, triste y sintiéndose increíblemente estúpido al confesarse ante sí mismo como único responsable de su mísera existencia.

Así, el día de su cumpleaños, se presentó al trabajo fingiendo que todo estaba bien. Hubo una mención del asunto, alguien llevó un pastel, unos cuantos refrescos y se cantaron las mañanitas. Hubo abrazos y buenos deseos. Sebastián agradeció a todos por las finas atenciones recibidas y, sin mucho ánimo, se retiró a su cubículo a trabajar en el obligado balance general trimestral. En el escritorio, sobre una monumental pila de documentos de aspecto ilegible, se destacaba una blanca invitación para ese particular día. Un evento simplemente llamado: La reunión de Sebastián Alcocer. Una torcida sonrisa se dibujó en su adusto rostro. No había nadie interesado en organizarle una fiesta. Laura, su propia esposa, llevaba cinco años seguidos en que pasaba por alto tan insignificante fecha. Con una singular actitud entre indiferencia e incredulidad, dobló la invitación por la mitad y la guardó en una bolsa de su saco.

Cuando dieron las siete de la noche y salió por fin de la oficina, encaró el terrible hecho de que todavía no le apetecía llegar a casa. Pensó hacer algo de tiempo, quizás dar algunas vueltas en coche antes de enfrentar valientemente al minotauro. Cuando empezó a buscar las llaves, encontró la invitación guardada, la vio con una incipiente curiosidad y reparó en el hecho de que la reunión se llevaría a cabo en un pequeño bar que estaba a escasas cuatro cuadras de distancia. Sin más, como en un acto reflejo, se subió al automóvil y condujo hasta allá. Un valet parking salió a recibirlo y le entregó su comprobante. Sebastián entró al local y mostró su invitación a la atractiva muchacha que estaba al final del vestíbulo. Ella pareció apuntar un número dentro de un libro de registro y posteriormente le informó:

-Número cincuenta. Por favor, pase usted -dijo la muchacha señalando una puerta atrás de sí.

-¿Disculpe?

-Le decía que usted es el número cincuenta.

-¿El número cincuenta? No entiendo a qué se refiere, Mi nombre es Sebastián Alcocer.

-Por supuesto, señor Alcocer. Es por aquí -la muchacha abrió la puerta y le dio el acceso al salón.

Una vez traspasado el umbral se quedó literalmente petrificado por lo que encontró. El salón estaba lleno de individuos que tenían un enorme parecido con él. Es decir, eran sujetos que aparentaban su misma edad, de similar estatura, de iguales rasgos faciales. Rasgos que incluían la forma de la nariz, la boca, el color de los ojos y el tono de la piel. Ciertamente, eran muy parecidos a él, pero no idénticos pues había pequeñas diferencias que les distinguían, uno a uno, de todos los demás. Algunos se veían más delgados y otros con un considerable sobrepeso. Las posturas eran variadas, unos reflejaban un cierto decaimiento y otros mostraban mucha seguridad. Las ropas eran distintas, había quien estaba vestido con gran elegancia y había quien parecía refugiado vietnamita. Todos, invariablemente todos, usaban anteojos, pero los modelos eran diversos, en ocasiones la imagen general se veía favorecida y en otras abiertamente perjudicada. En conclusión, el salón estaba repleto de sujetos que parecían versiones alteradas de Sebastián Alcocer.

Así, estando parado, tratando de dar crédito a lo que veía, escuchó unas voces detrás de él.

-Hola, ¿acabas de llegar? Me dijeron que eres el número cincuenta. Espero que no te moleste si te llamamos así, todo sea por reforzar nuestro sentimiento de identidad. Yo soy el número quince y él es el treinta y seis -sonrió amablemente uno de los dos sujetos que se le acercaron.

-Perdón, ¿cómo dice? Mi nombre es Sebastián Alcocer -dijo con un evidente signo de inquietud.

-¡Claro que eres Sebastián Alcocer! Todos los que estamos aquí somos ¡Sebastián Alcocer! -en ese momento, los presentes se volvieron hacia ellos y alzaron su copa a manera de brindis-. Pero entre nosotros, usamos los números que nos asignaron para facilitar, como te decía, la convivencia. Supongo que esta es tu primera reunión, ¿verdad?

-Sí, hoy es mi cumpleaños y, casualmente, llegó una invitación para esta reunión.

-Desde luego, hoy es el cumpleaños de todos nosotros y si acaso te llegas a preguntar; ésta, como las demás reuniones de otros años, es gracias a la iniciativa del número uno. Mira, es ese de la esquina, el que está junto al piano -señaló el número treinta y seis a otro Alcocer que tenía un profundo aire de intelectualidad.

-Discúlpenme, pero esto me parece muy confuso y, francamente, he de confesar que me estoy asustando mucho -casi de inmediato se dio vuelta como para salir corriendo por donde había entrado.

-¡Eh, tranquilo! No pasa nada -lo detuvo el número treinta y seis-. Vamos a explicarte todo. Digo, si no se explica uno a sí mismo, que ha de esperarse de los demás. ¿Estás de acuerdo, quince?

-Estoy de acuerdo, ¿quieres que yo lo haga o lo haces tú?

-Déjame probar a mí -contestó el número treinta y seis.

Ahora, dirigiéndose hacia el número cincuenta, le dijo:

-Como hace rato te decíamos, todos nosotros somos Sebastián Alcocer, sólo que en versiones alternas de nosotros mismos con circunstancias de vida distintas. ¿Conoces aquella famosa frase de Ortega y Gasset; “Yo soy yo y mi circunstancia”? Bueno, pues no hay nada más cierto que eso. A lo largo de nuestra vida, tomamos ciertas decisiones que en conjunto nos definen. Eso, mi amigo, es en buena parte nuestra circunstancia. Sábete que una enorme cantidad de decisiones tomadas implica innumerables posibilidades descartadas. Cada uno de nosotros somos una de esas posibilidades.

-¡Esto no puede ser real!

-Por supuesto que es real y todo gracias al número uno. Él, en su universo, es un prominente físico con un asombroso descubrimiento. Verás, los universos alternos distan mucho de ser paralelos, más bien suelen converger en ciertos puntos donde espacio y tiempo es igual para todos.

-El famoso punto de inflexión -asintió convencido el número quince.

-Perdón, pero no estoy entendiendo nada.

-Vamos a explicártelo de una manera más sencilla -dijo, como pensando en voz alta, el número treinta y seis-. Imagina que vas circulando por Insurgentes. Toda tu vida corre a lo largo de esa avenida, pero en cierto punto se interseca con Reforma. Estando tú sobre Insurgentes, en dicho cruce, puedes ver lo que está sucediendo sobre esa otra avenida: la avenida alterna. Bueno, pues es más o menos lo mismo, sólo que en vez de avenidas son universos. Esta reunión es el cruce o punto de inflexión, como dijo el número quince, en donde cada uno de nosotros sigue su vida en su propio universo, pero, por un momento, puede asomarse, como en una ventana, para ver que hay en los demás.

-¿Por qué hasta ahora me llegó la invitación y no antes?

-No lo sé. Lo más probable es que tu universo no haya llegado al punto de convergencia hasta ahora.

-¿Hay otras reuniones de este tipo a lo largo del año?

-No, porque como te explicaba, el cruce es uno solo. Luego, cada avenida sigue su camino separándose de dicha intersección.

-Pero sigue habiendo reuniones cada año, ¿verdad?

-Sí -dijo el número quince-. Porque los universos no son lineales como las avenidas. Cada año, en la fecha de nuestro cumpleaños, se dan nuevos puntos de intersección. Te digo, esto es cosa del número uno. Él tiene todo el mérito.

-Ahora, continuando con la explicación sobre las posibilidades olvidadas -interrumpió el número treinta y seis-. Te hablaré un poco sobre mí. Desde que era joven, siempre sentí una cierta afición por la astronomía, pero, al momento de elegir el tipo de estudios profesionales que llevaría, me incliné por la contabilidad pues imaginaba que me sería más fácil alcanzar un cierto nivel de confort económico y social. En pocas palabras, encajaría mejor dentro del sistema siendo un contador que un astrónomo. Así que tomé una decisión y dejé a la astronomía como un mero pasatiempo. Por otro lado, el número quince se mantuvo firme en su vocación y ahora es astrónomo.

-Yo también quería ser astrónomo, pero tuve un razonamiento idéntico al tuyo y acabé por ser contador -confesó avergonzado el número cincuenta.

-Muy bien, vamos progresando -contestó el número quince-. Ahora yo te pondré otro ejemplo; cuando tenía veintisiete años conocí a Laura y, para mi pesar, decidí casarme con ella. Bien puedo decirte que la he sufrido como a una enfermedad terminal. Mi madre, años antes, quiso que tratara a Rosalina, la hija del vecino; una muchacha sencilla de carácter dulce que siempre había mostrado interés por mí. Sin embargo, desoyendo todo consejo, me incliné por Laura. En contraste, puedo decirte que Laura era una mujer poco cariñosa, con una imagen de sí misma sobrevalorada que demandaba más de lo que en realidad podía ofrecer y que me trataba con enorme desdén sin importarle mucho quien se encontrara alrededor. Afortunadamente, me divorcié de ella hace ocho años y ahora estoy bastante bien.

-Yo, por mi parte -dijo el número treinta y seis-. Me casé con Rosalina, tengo tres hijos y, pese a los pequeños detalles, porque nada es perfecto, puedo decirte que soy muy feliz en mi matrimonio.

-Pues yo sigo casado con Laura y mi vida es un completo infierno. No hago otra cosa que simplemente tolerarla -se quejó amargamente el número cincuenta.

-Creo que ya te quedó claro el asunto, ¿verdad? -preguntó el número quince.

-Sí, ya entendí. Lo que aún me da vueltas en la cabeza es el porqué de tantos invitados.

-Pues porque son muchas las disyuntivas que la vida te pone. Mira, si vas por ahí preguntando; verás todas las opciones que se te llegaron a presentar y las consecuencias que, cada una de las decisiones tomadas, te hubiera dejado.

-¿A qué se deben las diferencias finales en el aspecto de cada uno de nosotros si en realidad somos el mismo sujeto? -preguntó el número cincuenta.

-Es sencillo. Nuestro rostro, como nuestra figura, muestra el tipo de vida que hemos llevado. El número treinta y seis, al casarse con Rosalina, llevó una mejor vida que la mía que estuve casado con Laura. Por eso se ve mejor conservado que yo. Me atrevería a decir que, analizando el conjunto de tu aspecto, mi vida, a su vez, ha sido mejor que la tuya que aún sigues con esa horrible mujer, mientras que, gracias a Dios, yo ya me encuentro libre.

-Creo que las explicaciones básicas están dadas, ¿por qué no nos dedicamos a seguir disfrutando de la reunión? –comentó el número treinta y seis al oír las carcajadas de un grupo que estaba delante de ellos.

-Vamos, pues -respondió el quince-. No te quedes atrás cincuenta, que esta es nuestra fiesta.

La velada pasó de prisa y todos los invitados parecieron divertirse mucho. Sebastián, el número cincuenta, salió de la reunión con una nueva visión de las cosas y no tardó mucho en hacer cambios drásticos en su vida. Renunció a su trabajo para buscar uno que le brindara un poco más de tiempo libre para hacer otras cosas que, según él, siempre había querido hacer. Desde luego eso trajo problemas en su casa y al final, con gran satisfacción y alivio, terminó por separarse de Laura. Actualmente, no tiene una pareja estable, pero se ve muy contento con su situación. Cada año, en su cumpleaños, suele asistir solo a una misteriosa reunión de la que no platica con nadie y regresa con nuevos puntos de vista sobre la vida.





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